CHILAVERT



(La escena a oscuras Comienzan a oírse ruidos de cañones, ayes y gritos. Es la batalla de Caseros. La voz de Chilavert surge por entre la batahola. Los ruidos irán desvaneciéndose en tanto una tenue iluminación abrirá sobre el rostro de Martiniano)
CHILAVERT: Yo, Don Martiniano Chilavert, argentino, coronel de Artillería de la República, he servido durante 9 años sin que los más amargos sinsabores, ni las más atroces calumnias, ni injustas proscripciones hayan disminuido mi ardiente celo y mi constante adhesión a la causa que sostenía, pues consideraba en ella envuelta la dicha de la Patria, objeto de todos mis conatos y el más enérgico sentimiento de mi corazón. Más ahora, esa misma patria querida a la que sirvo desde la edad de 15 años, se ve hostilizada por dos formidables potencias: Inglaterra y la Francia, y amenazada en sus más altos intereses, en su dignidad, en su gloria, y en su futura prosperidad. Considero el más espantoso crimen llevar contra la patria las armas del extranjero. Conducido por estas convicciones me reputé desligado al partido Unitario a quien servía mientras vi propagadas doctrinas que tienden a convertir el interés mercantil de Inglaterra en un centro de atracción al que deben subordinarse el honor y el porvenir del país. El cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi corazón. Desde ese instante un solo deseo me anima: el de servir a mi patria, en esta lucha de justicia y gloria para ella. Ofrezco al gobierno de mi país, a usted Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, mis débiles servicios. Nada me reservo, lo único que pido es el más completo y silencioso olvido sobre lo pasado.
Vergüenza y oprobio esperan al que proceda en contrario y en su conciencia llevará eternamente una acusación implacable, que sin cesar le repetirá: ¡traidor, traidor, traidor!
(La iluminación abre completamente sobre Chilavert. Se lo nota fatigado. Ha terminado la batalla de Caseros. Rosas ha sido derrotado. Chilavert, que ha sostenido el Palomar de Caseros hasta la última munición, arma un cigarrillo. Está desarreglado, los vestigios de la batalla aparecen en su vestuario y expresión. Ingresa el Capitán Alaman, se acerca a Martiniano. Amaga a agarrarlo)
CHILAVERT: Si me toca, señor capitán, le vuelo la tapa de los sesos. Busco un oficial superior a quien entregar mis armas.
ALAMAN: Así será, señor Coronel. Acompáñeme, por favor… (Se hace a un lado como para que Chilavert vaya por delante) Adelante, Coronel.
CHILAVERT: Camine, pues, capitán. Lo sigo, quédese tranquilo, que detrás de usted estaré, ni huida ni nada que temer, capitán… ¿cómo es su nombre?
ALAMAN: Alaman, capitán de infantería José María Alaman, señor.
CHILAVERT: Camine, capitán Alaman, lo sigo.
ALAMAN: Acompáñeme entonces, Coronel.
(Comienzan a caminar y la luz sobre ellos desaparece abriendo sobre otro sector del escenario en donde está Urquiza en su detall de campaña. Mira algunos papeles y toma mate. Está solo. Luego de leer algo queda pensativo, se levanta, camina, duda. Grita)
URQUIZA: ¡Capitán Alaman!
ALAMAN: (Ingresa tras un momento, se cuadra) ¡Ordene, señor!
URQUIZA: Vaya y traiga al Coronel Chilavert.
ALAMAN: ¡Si, señor!
(Urquiza se acomoda su uniforme. Vuelve a acomodar los papeles que estaba leyendo. Mira hacia la entrada. Tras una pausa, ingresa Alaman con Chilavert. Este ya no trae su uniforme, ha pasado un día de la escena anterior. Un poncho y una camisa visten ahora su torso. Se miran con Urquiza a los ojos, se sostienen la mirada. Urquiza sonríe)
URQUIZA: ¡Coronel Martiniano Chilavert!
CHILAVERT: General Justo José de Urquiza.
URQUIZA: ¿Cómo está, Coronel?
CHILAVERT: Teniendo en cuenta que estoy detenido desde ayer a la espera de que se resuelva sobre mi vida y que soy un oficial de la tropa derrotada, podría decirle que bien.
URQUIZA: No ha de resolverse sobre su vida, Chilavert. En todo caso sobre su libertad, no es lo mismo.
CHILAVERT: ¿Le parece?
URQUIZA: Tome asiento Coronel. Póngase cómodo.
CHILAVERT: Prefiero estar de pie, si usted lo está.
URQUIZA: ¡Ah, vamos, que yo también me siento! (Lo hace. Chilavert queda parado un instante aprovechando para mirarlo desde arriba. Incomoda a Urquiza con la mirada, e inmediatamente se sienta también) Capitán Alamán, hágame el favor, siéntese en aquel rincón y trate de tomar nota de todo lo que aquí se diga. ¿Está claro?
ALAMAN: ¡Como usted ordene, mi General! (Procede, y se hace de un tintero y una pluma)
(Urquiza toma el mate. No es un mate cualquiera, tiene incrustaciones de plata y oro. Ceba y toma uno mirando a Chilavert en silencio. Se sostienen la mirada. Hace ruido al terminar el agua. Ceba otro. Se lo extiende a Chilavert)
URQUIZA: ¿Gusta, Coronel?
CHILAVERT: Cómo no. (Lo toma)
URQUIZA: No es un mate cualquiera, ¿sabe?
CHILAVERT: Veo, general… Es un mate plagado de riquezas. Aunque sabe a cualquier mate.
URQUIZA: No lo digo por el oro y la plata. Ese mate me lo regaló Rosas. (Chilavert observa el mate, con detenimiento, vuelve a tomar)
CHILAVERT: Usted sabrá. Pero insisto… sabe a cualquier otro mate.
URQUIZA: ¿Qué hago con usted, Chilavert?
CHILAVERT: Usted dispondrá, señor. Usted ha vencido aquí en Caseros. Yo no soy más que uno de los derrotados.
URQUIZA: El más bravo de los derrotados. Nos complicó la vida con su artillería en El Palomar.
CHILAVERT: Cumplí mi deber. Solo eso.
URQUIZA: ¿Qué es usted?
CHILAVERT: Un coronel de la Confederación. Nada más.
URQUIZA: Ingeniero también…Militar, artillero, unitario y federal…
CHILAVERT: Si usted lo dice.
URQUIZA: Quiero entenderlo. No se puede juzgar a un hombre sin entender sus motivos, ¿no le parece?
CHILAVERT: Júzgueme simplemente por lo que sabe que soy, general. Un coronel del ejército derrotado. No pierda su valioso tiempo, señor.
URQUIZA: Es mi potestad de vencedor hacer lo que considere mejor, Chilavert. Y lo que me parece más apropiado es juzgarlo como corresponde… y para eso debo entenderlo. Permítame… ¿Nació usted en Buenos Aires, cursando sus estudios en España de donde retornó en 1812, acompañando a su padre, el capitán español Francisco Chilavert que volvió junto al general San Martín para ponerse a las órdenes de la revolución? (Todo esto lo irá diciendo al consultar los papeles que leía al principio, a la vez que sigue cebando mates que tomará y convidará a Chilavert, ignorando a Alaman)
CHILAVERT: Es así.
URQUIZA: Ingresa como cadete de los Granaderos a Caballo, egresa como subteniente de artillería pero pide la baja en 1821 para estudiar ingeniería, pero reingresa en 1826 a raíz de la guerra con el Brasil, obteniendo el grado de mayor por su descollante actuación en la batalla de Ituzaingó, en donde tuvo el honor de comenzarla y resistió con la artillería junto a la caballería de Olazábal, hasta que el resto de las fuerzas patriotas pudo ponerse en acción.
CHILAVERT: Las órdenes del general Alvear fueron precisas: mantenga ese punto y hágase matar.
URQUIZA: A ver… Dorrego lo asciende a Sargento Mayor de Artillería y emigra a Montevideo junto a otros unitarios en 1830 cuando asume Rosas, ¿estoy equivocado?
CHILAVERT: No, señor.
ALAMAN: Perdone, mi General…
URQUIZA: ¿Qué pasa, capitán?
ALAMAN: ¿Escribo todo cuánto dicen?
URQUIZA: Creo que fui claro con las órdenes dadas, capitán. Escriba todo lo que aquí se hable. ¿Qué pasa, no entiende? ¿Por qué me mira así?
CHILAVERT (Riendo) No le dan las manos al capitán para escribir todo tal cual. Por eso tiene esa cara, general. Hombre de armas y no de letras ha de ser.
URQUIZA: Escriba como pueda capitán, haga dibujos, rayas… Lo que pueda, pero después me lo pasa todo como corresponde. Resuelva, pues, y sáquese esa cara de carnero degollado.
ALAMAN: ¡Cómo usted ordene, general! (Al decirlo se para y cuadra, con lo que tira todo lo que tiene sobre la pequeña mesa. Se desespera, presto, junta todo y lo acomoda entre las risas de Chilavert y la furia de Urquiza)
URQUIZA: ¡Me cago en su madre, capitán! Haga lo ordenado o va a parar al calabozo. (Se recompone) Vuelve junto a Lavalle a participar de la guerra civil para desalojar a Mansilla, en Entre Ríos.
CHILAVERT: Así es, junto a López Jordán, Olavarría, Pirán, y usted mismo general…
URQUIZA: (Sonriendo a medias) En 1838 en Montevideo se constituyó una Comisión Argentina que tenía por finalidad " luchar por todos los medios a su alcance" contra el gobierno de Rosas. Esta comisión estaba integrada por unitarios y federales antirrosistas en el exilio, contándose entre otros a Julián Agüero, Manuel Gallardo, Valentín Alsina, el general Juan Lavalle, Bernardino Rivadavia, Pedro Agrelo, el general Tomás Iriarte, el General Martiniano Chilavert, el general Félix Olazábal y Salvador María del Carril.
CHILAVERT: Es así, pero prefiero no recordarlo.
URQUIZA: Estuvo del lado de Fructuoso Rivera, contra Oribe y estuvo junto a Lavalle en la toma de la Isla Martín García cuando el bloqueo anglo francés., lo sigue a Lavalle un tiempo más y en 1840 se vuelve a Montevideo. ¿Me equivoco?
CHILAVERT: No, señor.
URQUIZA: Allí lo mandan preso por tratar de traidores a Florencio Varela y a Fructuoso Rivera, pero se escapa de la cárcel y se va al sur del Brasil. Y allí, de pronto, el entonces General Chilavert, furioso enemigo de Rosas, se convierte en su más acérrimo defensor… hombre complicado es usted.
CHILAVERT: No más que tantos, no menos que muchos.
URQUIZA: ¿Qué pasó allí?
CHILAVERT: Solo la distancia, creo. Tomar distancia de ese hervidero de pasiones y mentiras que era Montevideo me hizo caer en la cuenta de algo muy sencillo. Dar intervención a Inglaterra para derrocar a Rosas era permitir la injerencia de extranjeros en asuntos internos de la patria. No es para eso que luché, que luchamos por la independencia. Por eso renuncié en el 46 a mis cargos militares en Montevideo y se los ofrecí a Rosas. Ese hombre le plantó bandera a los gringos, general, y yo no podía seguir estando en el lado equivocado.
URQUIZA: Por todo eso, sus antiguos compañeros lo acusaron de traidor.
CHILAVERT: Traidor a su causa, quizás. Pero nunca traidor a la patria.
URQUIZA: Igual, resulta extraño, coronel. Que quiere que le diga. De acérrimo enemigo de Rosas a Coronel de Artillería de su ejército.
CHILAVERT: ¿Me lo dice usted?
URQUIZA: ¿Qué insinúa?
CHILAVERT: No insinúo, Urquiza, afirmo. Usted era hasta hace poco la segunda espada de don Juan Manuel, y hoy el es vencedor del propio Rosas.
URQUIZA: Cuestiones de política, de economía. No se olvide que la guerra es la política llevada a las armas. Rosas se empecinó en mantener el exclusivismo portuario de Buenos Aires. Entre Ríos necesitaba continuar su expansión comercial a través del Paraná y Juan Manuel se opuso.
CHILAVERT: Yo por defender los ideales de la patria soy un traidor, y usted por defender los intereses de los estancieros entrerrianos es… ¿un político?
URQUIZA: No lo he tratado de traidor, Chilavert. Fueron sus ex camaradas quienes lo dijeron. No he emitido opinión alguna.
CHILAVERT: Pero lo sugiere.
URQUIZA: Solo hablé de su complejidad. No sea susceptible.
CHILAVERT: ¿Es complejidad poner a la patria por sobre cualquier otra cosa, o es coherencia? Yo no me alejé de mis compañeros de otrora, ellos se alejaron de mí, sus ideas se fueron tras el libre comercio y lo individual. Sencillo, no complejo.
URQUIZA: Aunque, si nos detenemos en las menudencias, es usted quien ha sugerido que yo he traicionado a Rosas.
CHILAVERT: Solo marqué que a la inversa de lo dicho por usted, primero estuvo con Rosas, ahora acaba de derrotarlo. No he dicho palabra acerca de si es usted traidor o no… ¿usted cómo se siente, general Urquiza? Yo, por mi parte, no siento haber traicionado a nadie.
URQUIZA: ¡Alamán!
ALAMAN: Estoy anotando todo, mi general.
URQUIZA: Cámbiele la yerba al mate.
ALAMAN: ¡Comprendido, mi general!
URQUIZA: Chilavert, Chilavert… Complejo, díscolo, con problemas para aceptar la autoridad.
CHILAVERT: ¿Por qué dice eso?
URQUIZA: No ha habido jefe al que no lo haya cuestionado, puesto en duda. A Fructuoso Rivera, ¿qué le dijo?
CHILAVERT: Lo que sentía, como siempre. Que me daba cuenta de que su guerra no era contra Rosas sino contra la República Argentina, gracias a su cadena de coaliciones con el extranjero y que de esa manera vivía amenazando nuestra soberanía. Era lo que pensábamos todos, pero en todo caso fui el único que habló.
URQUIZA: Me cuesta mucho entenderlo, Coronel, a ver… me dijo que la distancia lo transformó de unitario a federal. Mire que yo he andado, y nunca por alejarme se me cambiaron las ideas de la cabeza.
CHILAVERT: Hubiese jurado que se había ido lejos también.
URQUIZA: Una lengua irrefrenable.
CHILAVERT: Ahí estaba yo, señor, rodeado de mis camaradas de pensar, los Florencio Varela, los del Carril, los Rivadavia… Todo lo que se hablaba era en un mismo sentido, todo lo que se escribía, general, estaba teñido de la mirada aviesa sobre lo que aquí sucedía. La prensa de Montevideo es inglesa. Para ellos, que eran mis propios compañeros de entonces, los ingleses o franceses tenían todos los derechos, toda la justicia. Cuando la Vuelta de Obligado, un maquinista francés muerto era digno de compasión y duelo, pero morían 400 argentinos y no merecían ni una lágrima. Periódicos, libelos, diarios nos contaminaban cada día, a cada momento, y muchos terminamos aceptando verdades que no eran tales.
URQUIZA: Solo se deja engañar el que quiere ser engañado.
CHILAVERT: No, general. Uno ve las letras de molde, siente el olor a la tinta y cree que ese papel emana verdad. No está el escriba, queda su escrito y uno en su cabeza convierte esas palabras en verdades reveladas, las letras nos atraviesan y comienzan a hablar por nuestra boca y hacerse de nuestros propios pensamientos. Envenenados de verdades ajenas pregonamos, pregoné, de la terrible bestia que era para todos Rosas; pero lo vi enfrentar a los de afuera, lo vi mantener unida a esta tierra y lejos, y solo, entendí que no debía obrar por otros, sino ser consecuente con aquello que me da guía: el destino de mi patria.
URQUIZA: La soledad y el exilio pueden ser bálsamos para las ideas, dice usted.
CHILAVERT: Escapar de la vocinglería que repite una y otra vez la misma historia. Ver y comparar, pensar e interpretar. Mi causa fue siempre la misma. La de mi padre. La independencia, la libre determinación. Creí que el partido Unitario representaba esos ideales, pero lo vi tejer demasiadas conspiraciones, pregonar demasiado odio, adular en demasía a lo foráneo. Y solo los imbéciles no cambian, general. A tiempo de dar mi pobre brazo, ofrecí mis servicios a Rosas, pidiéndole olvido por el ayer, y me recibió sin preguntas y con confianza, parco pero fraternal.
URQUIZA: Un zorro astuto, un lobo feroz, según le conviniese.
CHILAVERT: Lobo, zorro o perro, estaba del lado de mis ideas, general.
URQUIZA: ¿Y quién le dice que yo no?
CHILAVERT: Si no he de creerle a mi mente, al menos daré fe a mis ojos, que su ejército Grande venía hablando portugués y lleno de imperiales brasileños.
URQUIZA: Es una alianza táctica, necesaria para acabar con la tiranía, coronel.
CHILAVERT: ¿Y le da cabida a extranjeros sedientos de venganza, a los que vencimos en Ituzaingó, a que caminen como dueños de una tierra que no les pertenece, solo por táctica? Disculpe, general, pero no puedo estar de acuerdo en nada.
URQUIZA: (Riendo) Pero me dejó sin brasileros, casi… Usted y su batería dispararon sin cesar, al centro, al flanco derecho, al izquierdo, a Virasoro… Fue el primero en iniciar el fuego y el último en terminarlo.
CHILAVERT: Y disparé mis municiones, y las municiones enemigas y terminé con piedras.
URQUIZA: Un brazo fuerte y decidido… Quizás, un brazo necesario para los nuevos tiempos que se avecinan… Tómese otro mate… Durante mucho tiempo escuché lo mismo: el traidor Chilavert, el traidor Chilavert… por eso me pregunto, viéndolo como lo vi ¿cómo puede ser traidor un hombre de tal valía?
CHILAVERT: Esos que me han llamado traidor, general, son miserables que se ufanan de la más exquisita inmoralidad, me llaman traidor porque no los acompañé en su carrera de crímenes y deshonra. Ellos son los inveterados traidores. Infames cobardes que prefieren vender a su patria antes que sufrir las penalidades del destierro. Y ellos me llaman traidor a mí, solo porque ofrecí mis servicios a una cuestión santa, de justicia y de gloria para la patria. Pero los hijos de ellos los maldecirán por las ignominias que les legan, acuérdese.
URQUIZA: Tranquilo, coronel. No se exalte. Pero no comparto la idea del legado.
CHILAVERT: La historia los va a juzgar, nos va a juzgar a todos. A ellos, a mí, a usted…
URQUIZA: La historia no existe por sí misma, Chilavert. Hay quien la escribe. Y la escriben los que ganan. A ellos pertenece la última versión de los hechos. Y, permítame recordarle, coronel. Usted está en el bando derrotado.
CHILAVERT: No, señor, la historia verdadera será escrita algún día.
URQUIZA: Coronel, no sea niño. La historia no es más que la política del pasado, y la política la historia del futuro. Pueblo y calles llevarán siempre el nombre de vencedores, sin importar qué ni a quién ni para qué han vencido. Pasado un tiempo la memoria se desdibuja y los hechos pueden ser acomodados para decir lo que se quiera.
CHILAVERT: Me niego a aceptar su cinismo.
URQUIZA: No confunda cinismo con realidad, mi amigo. La realidad puede ser cínica, yo soy práctico en todo caso.
CHILAVERT: Ya veremos.
URQUIZA: Pero quédese tranquilo que ni usted ni yo estaremos para ver el resultado de tal dilema.
CHILAVERT: ¿Y el pueblo, general?
URQUIZA: ¿Qué pasa con el pueblo?
CHILAVERT: Nosotros ponemos nuestros grados, nuestros nombres, hasta alguno ponen sus ideas, pero los muertos los ponen ellos, general. Es de ellos la sangre que tiñe los campos de batalla doquiera busque, es de ellos la carne despedazada y chamuscada, son de ellos los gritos y el dolor.
URQUIZA: Lo sé.
CHILAVERT: ¿Lo sabe? Porque habla de historias de vencedores y vencidos sin tenerlos en cuenta, me parece.
URQUIZA: Chilavert, ¿le parece que algo podría hacer este servidor, algo, cualquier cosa, sin tener detrás a su paisanada entrerriana? Ellos están ahí, ellos me siguen sin preguntar porque saben que este general no los va a defraudar.
CHILAVERT: Usted les presta su nombre y ellos le ofrendan su vida. No es justo.
URQUIZA: ¿Justo? Nadie más Justo que yo, ¿no? (Se ríe de su broma, acompañado de Alaman) Yo les doy la bandera y la esperanza, coronel. Como usted les ofrenda su entrega y su valentía a sus soldados.
CHILAVERT: Y me duele en el alma cada soldado muerto, cada hombre herido, cada mujer viuda, cada chico huérfano. Es por ellos, general, que nos debemos la patria. Por los indios, los mulatos, la plebe toda, como mal los llaman los falsarios doctores que construyen sus ideas contándolos como número.
URQUIZA: Yo soy la cabeza, la vanguardia de mi gente.
CHILAVERT: Usted debe ser su representación, general, no su cabeza.
URQUIZA: Pero ellos hoy son victoriosos, porque Urquiza lo es.
CHILAVERT: Urquiza es victorioso porque ellos pusieron la sangre para que usted ganara.
URQUIZA: Ellos tienen un fragmento en la historia.
CHILAVERT: Ellos hacen la historia, no son un fragmento.
URQUIZA: Ahí se equivoca de nuevo, mi querido Coronel.
CHILAVERT: ¿Me equivoco?
URQUIZA: Las batallas ganadas o perdidas, son batallas contra el olvido, por la memoria. La verdadera derrota es el olvido. El que gana escribe la historia, coronel, y solo mencionará al vencido como mal necesario para la existencia de un vencedor… y serán números, si es que siquiera son eso, los gritos, las muertes, el miedo. Urquiza venció a Rosas en Caseros, eso será todo, pero fueron los hombres los que arrojaron las armas y se dispersaron, ayer nomás, cuando mi caballería cargó sobre el flanco izquierdo de Rosas... La derrota es el olvido, coronel.
CHILAVERT: Entonces cada soldado, cada paisano, no importa el bando en que esté, será derrotado, dice usted.
URQUIZA: Ojalá fuera distinto… pero es lo que hay.
(Quedan en silencio. Alaman sigue escribiendo a gran velocidad. Urquiza saca tabaco y arma un cigarrillo. Le extiende a Chilavert que lo rechaza y arma el propio con su tabaco)
URQUIZA: Es usted un hombre complejo, Chilavert, pero creo que es un buen hombre. Gente como usted necesitamos en los tiempos que vendrán.
CHILAVERT: ¿Le parece?
URQUIZA: Usted, tal como en Ituzaingó, inició la batalla con el fuego de sus cañones. La columna brasileña del Ejército Grande fue repelida por usted, coronel, tanto que los obligó a virar hacia el sector de las casas de El Palomar, usted hizo recoger mis propias municiones para seguir cargando sus cañones y sé, porque me contaron, que rasgó su propio poncho y envolvió piedras con él para efectuar el último disparo. ¡Nadie quedaba en el campo de batalla de los suyos, y usted seguía!
CHILAVERT: Nadie me ordenó rendirme, general Urquiza.
URQUIZA: Un hombre de su valía, por más que pese su idealismo, sería bienvenido en estos nuevos tiempos.
CHILAVERT: ¿Pesa mi idealismo, qué quiere decir?
URQUIZA: Los hombres con demasiados ideales son peligrosos. Les falta practicidad y no dudan, como usted, en cambiar de bando si creen que adónde están no representa sus ideales.
CHILAVERT: Eso, más que idealismo, me parece coherencia.
URQUIZA: ¿Y qué es la coherencia sino llevar los ideales a los extremos?
CHILAVERT: Llevarlos a la práctica, no a los extremos.
URQUIZA: Poner en práctica un ideal es llevar la idea al extremo de su puesta en marcha.
CHILAVERT: No sé. Creo que no tiene importancia.
URQUIZA: (Extendiéndole otro mate) ¿Gusta otro, coronel?
CHILAVERT: Si, gracias, nunca desprecio uno.
URQUIZA: ¿Y entonces?
CHILAVERT: ¿Entonces, qué?
URQUIZA: ¿Qué me dice?
CHILAVERT: Disculpe, general, pero no lo entiendo… ¿qué le digo a qué?
URQUIZA: Vea, capitán, cómo el coronel Chilavert se hace el zonzo…
ALAMAN: ¿Escribo eso también?
URQUIZA: No, capitán, eso es una acotación que le hago a usted. No la escriba.
CHILAVERT: Quizás mi inteligencia, que no es tanta, está algo exangüe de tanta discusión, general Urquiza, pero créame que no entiendo qué me quiere decir.
URQUIZA: Le he dicho en un par de oportunidades que un brazo como el suyo, que un hombre como usted, puede ser muy necesario en los tiempos que vendrán.
CHILAVERT: ¿Dice usted que me está proponiendo integrarme a su ejército, a su gobierno?
URQUIZA: Eso mismo, coronel.
CHILAVERT: ¿A cambio de qué?
URQUIZA: De su lealtad, de su honor, de sus servicios.
CHILAVERT: Y de hacerme un traidor.
URQUIZA: Será su destino que lo llamen traidor, Chilavert. Pero, ¿es una traición acaso cambiar la prisión por un servicio a la patria? Lo estoy invitando a ser práctico, porque yo lo soy y creo que nos conviene a ambos.
CHILAVERT: Cuando antes me llamaron traidor fueron palabras dichas por gente vil, que prefirió endilgarme a mí su perversa condición. Si aceptara su propuesta, que agradezco, no serían los otros quienes me llamarían traidor. Sería yo quien lo sintiera y cada noche mi propia conciencia me lo gritaría, sin dejarme dormir, sin sueños ya.
URQUIZA: Hombre, ni que le propusiese ser parte del Infierno mismo.
CHILAVERT: Señor, no puedo, no debo, no quiero, ser parte de su conjura. Respeto sus ideas, mas no sus formas, sus tácticas, como dice usted, porque ¿cuál es el precio de su alianza con el Imperio del Brasil?
URQUIZA: No me gusta lo que sugiere.
CHILAVERT: ¿100 mil patacones han sido suficientes para comprar su practicidad, Urquiza?
URQUIZA: ¡No sea insolente, carajo!
CHILAVERT: Mi insolencia, de ser verdad lo que he dicho, no pasa más que por mi lengua, la suya más que insolencia sería una infame traición a la patria.
URQUIZA: ¿Pero a usted le parece que a mí me hacen falta 100, 200, un millón de patacones? Yo, antes que militar, era un estanciero, Chilavert. No es fortuna lo que me falta.
CHILAVERT: ¿Y entonces por qué pactar con potencias extranjeras para derrotar a un hombre? ¿Qué será de las Misiones Orientales tras su alianza con Brasil, Urquiza? ¿Cuál es el costo de su táctica, de su practicidad?
URQUIZA: Me está haciendo perder la paciencia, Chilavert, se lo advierto.
CHILAVERT: ¿Usted cree que le importa a este hombre derrotado su paciencia, general? Solo la patria me conmueve o me moviliza. Ni su paciencia, ni su enojo, ni sus ofertas, y temo por lo que será de estas tierras tras su victoria. Más no por usted, quiero creer que está embelesado por los cantos de las sirenas de los liberales que también llenaron mi cabeza. No ha de ser usted quien continúe esta historia, acuérdese de lo que le digo, y se lo digo hoy cuando lo embeben aún las mieles de la victoria. Años de derrota para el pueblo, años de olvido y fortunas personales, años de opresión y crimen se ciernen sobre la patria, encabalgados en su ejército Grande, pero por mandato de las codicias extranjeras y las vilezas de los señorones locales.
URQUIZA: ¿Usted me toma por tonto? Soy el general Justo José de Urquiza, sé lo que hago y adónde voy. Lo hecho está hecho por la patria que anhelo y la que pretendo. Hemos terminado la despótica tiranía de Juan Manuel de Rosas y usted, otrora enemigo, pone el grito en el cielo en defensa de valores inexistentes y en nombre de futuros sombríos. ¡No me joda, Chilavert!
CHILAVERT: Mire, Urquiza, no me importa quién escribirá la historia. Yo no estaré para leerla. No importa si seré un traidor, un héroe o un simple coronel de artillería, pero aquí y ahora no puedo ser más que lo que soy. Mis actos responden a lo que siento y no al juicio del porvenir. Haga de mi lo que quiera, seré carne de calabozo o de fusil, pero si aún me quedan noches para descansar este cuerpo, serán en paz y tranquilidad de conciencia.
URQUIZA: Me tiene harto con sus principios, Chilavert. ¡Un traidor dándome lecciones de moral!
CHILAVERT: ¡Llámeme traidor si le apetece! ¡Arrástreme por el barro de las palabras! ¿No se ha preguntado como lo llaman a usted los federales a quienes traicionó? ¿Cómo lo llamaron sus ex camaradas de armas a los que mandó a degollar? Si me cabe a mí el sayo de la traición, a usted le queda pintado.
URQUIZA: ¡Retráctese de sus palabras, Chilavert!
CHILAVERT: Tengo en mi conciencia haber servido a la independencia de mi país. Y si mil veces más me encontrase en iguales circunstancias… mil veces obraría del mismo modo.
URQUIZA: ¡Se está jugando la vida!
CHILAVERT: No, señor general. La vida me la jugué allá afuera. La taba nos cayó de culo, acá pongo mi honor en disputa. ¡Martiniano Chilavert es de una pieza, general Urquiza!
URQUIZA: ¡Alaman!
ALAMAN: ¡Ordene, mi general!
URQUIZA: ¡Saque a este hombre de mi vista!
ALAMAN: Acompáñeme, Coronel Chilavert.
URQUIZA: ¡Capitán Alaman!
ALAMAN: ¿Señor?
URQUIZA: Deme sus anotaciones. (Alaman se las alcanza. Urquiza toma los papeles y con furia los rompe en mil pedazos, arrojándolos a la cara de Chilavert) Esto es lo que quedará de usted, Chilavert, pedazos, fragmentos… nada. Usted eligió ser un derrotado, Coronel, el olvido será su coherencia y su reino… Alamán… ¡que lo fusilen!
CHILAVERT: ¿Vio, general Urquiza? Al final usted dispone de mi vida y mi muerte, no solo de mi libertad. Usted quiso oír de mis labios una capitulación del espíritu y se encontró con las verdades de mi alma… Usted no me fusila a mí, está queriendo fusilar a su conciencia.
URQUIZA: ¡Sáquelo de mi vista, ya!
CHILAVERT: ¡Cagón! (Alaman retira a Chilavert del espacio en que se encontraba con Urquiza, pero al ser nuevamente llamado por el general, reingresa solo)
URQUIZA: ¡Capitán Alamán!
ALAMAN: ¡Ordene, señor!
URQUIZA: ¡Por la espalda, que lo fusilen por la espalda! ¡Y su cadáver no será entregado a su familia! ¡Déjenlo tirado por ahí, pudriéndose al sol, comido por los perros! ¡Que sirva de ejemplo, carajo!
(La escena se oscurece sobre Urquiza. La iluminación abre apenas sobre otro sector de la escena. Surge un redoblar de tambores. Chilavert, a punto de ser fusilado, hincado sobre una rodilla, reza.  La luz apenas dibuja su rostro. Crece el sonido de los redoblantes)
ALAMAN: ¡Pelotón, prepararse!
CHILAVERT: Capitán Alaman…
ALAMAN: Coronel.
CHILAVERT: (Despojándose de su poncho y su tabaco) Entréguele esto a sus hombres, le darán mejor uso que el que he de darle yo en un momento. (Le entrega las cosas a Alaman y se pone de frente al público dispuesto a recibir la descarga)
ALAMAN: Coronel, tengo órdenes de fusilarlo por la espalda… (Intenta tomarlo por los hombros y girarlo. Pero Chilavert se desprende hecho una furia, arrancándose la camisa ofrece su pecho al frente, comienza a gritar)
CHILAVERT: ¡Acá, tiren acá! ¡Tiren, tiren, carajo! Al pecho, cagones. Al pecho, cagones… ¡Así muere un hombre como yo! ¡Tiren, mierda, tiren! ¿Qué pasa, tienen miedo de matar a un hombre? ¡Al pecho, carajo, al pecho! (Queda furioso, extraviado, enfrentando al pelotón, Alaman se acerca y arrima una pistola a su cabeza. Chilavert lo obliga a ponerla en el pecho) ¡Al pecho, mierda! (En casi total oscuridad, se silencian los redoblantes. Suena un disparo. Se escucha la voz de Chilavert, como al principio) Vergüenza y oprobio esperan al que venda a su patria y en su conciencia llevará eternamente una acusación implacable, que sin cesar le repetirá: ¡traidor, traidor, traidor! (Suenan más disparos) ¡Traidores!
(Oscurecimiento final)
Bibliografía consultada: El Mártir de Caseros, de Juan Corbella
Historia de la Argentina (De los pueblos originarios hasta el Tiempo de los Kirchner) Tomo 1. Norberto Galasso
La Otra Historia. El revisionismo Nacional, Popular y Revisionista. Pacho O’Donnell y otros.

Y LA MURGA VA...



Y LA MURGA VA…
(Versión libre de Duilio O. Lanzoni sobre el cuento La Murga de Pedro Orgambide y la obra La Gran Murga, de Siro Colli, Marcelo Demarchi y Alejandra Bignasco)
(En escena los músicos, apenas iluminados, al comenzar la canción irán ingresando los integrantes de la Murga. Traen elementos de percusión y algunos estandartes. Cantan: )
TODOS: (Canción: MURGA MADRE)
En silencio te quisiera conjurar
Y jurarte por las cosas que más quiero
Que es tan grande lo que pasa en Carnaval
Que la tierra se confunde con el cielo

Tantos años de pintura y de disfraz
La tribuna que otra vez me pone en celo
Si una noche que te quiero vos no estás
Esta boca se relame sin consuelo.

¿Los adioses del tablado, dónde están?
Buscaremos en alguna Retirada
En el verso y en la rima primordial
Que seduce contagiando a la barriada.

Hoy queremos ofrendarte esta canción
Que es lo menos que un murguista te daría
Y decir que tu regazo de pasión
Se disuelve cuando ve la luz del día.

Murga Madre te quisiera conjurar
Y jurarte por las cosas que más quiero
Que es tan grande lo que pasa en Carnaval
Que la tierra se confunde con el cielo

¿Los adioses del tablado, dónde están?
Buscaremos en alguna Retirada
En el verso y en la rima primordial
Que seduce contagiando a la barriada.

Murga Madre te quisiera conjurar
Y jurarte por las cosas que más quiero
Que es tan grande lo que pasa en Carnaval
Que la tierra se confunde con el cielo

Que la tierra se confunde con el cielo
(Mientras dura la canción la luz va abriendo y la Murga hace sus preparativos. Al culminar ingresan el Panza, el Viejo y el Rulo. Están borrachos. Abrazados entran cantando)
PANZA, RUBIA, VIEJO: ¡En el barrio de la Boca, cuatro minas locas bailaban un tango, vino el Sargento Medina y a las cuatro minas las sacó cagando!
RUBIA: ¡Una murga!
PANZA: Se van al descenso, seguro.
VIEJO: ¿Por?
PANZA: Porque son una murga…
VIEJO: Puedo estar mamao, pero sé reconocer un chiste malo cuando lo escucho.
RUBIA: ¡Una murga!
VIEJO: Ya te oímos, Rubia.
RUBIA: Pero les digo que es una murga.
PANZA: En pedo y pesada la Rubia. ¡Ya sabemos, la vemos, estamos borrachos no ciegos!
RUBIA: ¡Una murga!
PANZA: Pero cortala…
VIEJO: Se atrancó…
RUBIA: La leyenda, es la murga de la leyenda…
PANZA: Tanta vuelta para decir eso.
VIEJO: Capaz… Porque la leyenda de la murga es una botella al mar tirada en un naufragio y el pueblo recoge todas las botellas…
PANZA: El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido.
RUBIA: Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria.
VIEJO: (A la murga) ¿Saben la historia?
RUBIA: ¿Conocen la leyenda?
PANZA: Nos miran con cara de carnero degollao… no la saben. Hay que contarla, porque solo vive lo que se cuenta.
VIEJO: Y la historia de la murga merece ser contada.
RUBIA: Y de paso, brindamos… ¡Salud!
PIBE MURGUERO: ¿Y por qué a los tipos del pueblo
                        que nos cuenta del pasado
                        siempre la están mostrando
                        como locos o mamados?
MURGUERO 1: Cuanto cliché.
MURGUERO 2: Cuanto destrato.
MURGUERO 3. Los del pueblo siempre han de ser, feos, sucios y muy malos.
PANZA: En pedo yo he visto doble, pero es la primera vez que escucho hablar en verso.
RUBIA: Hablan en verso, y tienen razón.
VIEJO: ¿Qué decís, Rubia?
RUBIA: ¿Por qué siempre han de ser borrachos los que cuentan las historias del pueblo?
VIEJO: Porque hay que tomar pa matar las penas.
PANZA: Pero si estamos en pedo no servimos pa la lucha…ni para organizarnos.
RUBIA: Mismamente.
VIEJO: No me vengan con mariconeadas… uno es borracho pero no tanto, que sé muy bien lo que hago.
PANZA: Dos a uno… perdiste Viejo… A la historia hay que contarla bien frescos y bien conscientes.
RUBIA: No sea cosa que después, anden diciendo por ahí que son historias de borrachos. Dignos y consecuentes.
VIEJO: Son dos traidores a la causa… Está bien. Con mi disenso, respeto la decisión mayoritaria. Contemos la historia sobrios. (Mirando al pibe murguero) Alcahuete…
PANZA: Si la murga está dispuesta, que nos ayude a contar. Una mitad será el pueblo…
RUBIA: Y los otros los Pitucos.
PANZA: Yo me voy con el pueblo… y elijo primero.
RUBIA: Me cagaste. Estuve lerda.
VIEJO: Y yo me siento con los muchachos (por los músicos) así aprovecho y tomo… un vaso de agua. ¡Pero qué asco! Lo que hay que hacer por la historia. (El Panza y el Rulo hacen una pisadita eligiendo a los integrantes de los bandos, mientras el Viejo inicia el relato) El estandarte bamboleaba, rítmicamente, su calavera. Al compás del bombo, los indios avanzaban hacia la ciudad, en rápidas, elásticas contorsiones, mientras el director, con su lanza -un palo de escoba con asta de lata- señalaba a lo lejos, el resplandor de la fiesta.
PANZA: Su mujer, con un chico en los brazos y una pulsera de hueso en el tobillo izquierdo, se balanceaba, obscena, ante la mirada divertida de los parroquianos en un bar que, a su paso, le tiraron maníes y le gritaron mona. Eso fue el comienzo de las incidencias (o el pretexto, quizá) del malentendido.
RUBIA: Los indios, humillados por la insolencia de los gringos entraron en el bar “Buenos Aires” a pedir explicaciones. Pudo ser el aspecto feroz de los visitantes (es probable) la falta de un lenguaje común, lo que torno confusas las acciones- como dijo después un comentarista de fútbol. Lo cierto es que el patrón del establecimiento, un tal Garay, ordeno a sus mozos atrincherarse detrás del mostrador.
VIEJO: Y ellos siguieron, la mujer del director (algunos la llamaban madre) repartía matracas y cornetas entre los chicos; atrás iban los viejos, la chusma que imitaba, sin fuerzas, la danza de los jóvenes. A los saltos, como quien doma un potro, los guerreros bailaban al compás de los bombos. Entraron en San Telmo. Los recibió un balde de agua, un improperio, varias pedradas, un viejo con peluca que disculpándose, les dijo que los había confundido con otra comparsa, la de los ingleses, que venían metiendo bochinche desde el río. “con ustedes no es la cosa –dijo- somos todos hermanos”.
PANZA: Contentos, locos de gusto, esperaron la entrada de la comparsa enemiga, lujosa de banderas, de uniformes colorados, charreteras y fanfarria. Los que vieron aquello dicen que las mujeres y los chicos tiraban agua desde las azoteas. Los exagerados, los fanáticos, aseguran que vieron caer aceite hirviendo.
RUBIA: De todos modos, se peleo lindo en San Telmo durante horas y horas; la comparsa de un lado, la murga del otro. El baile siguió y, según dicen, los tambores se oyeron en toda la ciudad. Ellos le daban al bombo y seguían bailando. Unas monedas tiradas con desgano fue la paga que recibieron por su danza, a la que tuvieron que acompañar, para darle el gusto a los clientes, con versos zafados y gestos procaces. Hasta que un día… (Se dividen en dos grupos bien marcados. Corren a ambos lados del escenario)
PUEBLO: Miren, muchachos, miren.
PITUCOS: ¿Y esto? ¿De dónde salió?
PUEBLO: ¡Viene gente de todos lados!
PITUCOS: Vienen como hormigas, ¡son cucarachas! No salgas, Emilia, vienen para este lado.
PUEBLO: ¡Es una murga y vienen al Carnaval!
PITUCOS: ¡Pero qué bochinche! ¡Qué batifondo!
PUEBLO: ¡Sientan cómo tocan ese bombo!
PITUCOS: Traen un bombo, Emilia.
PUEBLO: ¡Sangran los parches!
PITUCOS: Hacen sangrar los oídos, y vienen sacudiendo un palo… con un trapo sucio.
PUEBLO: ¡Traen un estandarte!
PITUCOS: ¡Qué herejía! ¡Qué morbosidad!
PUEBLO: Sacuden el estandarte al compás del bombo. ¡Pero qué lindo que va a ser!
PITUCOS: Emilia… el fulano del estandarte los arrastra para acá. A ellos los arrastra, a la piara, a la caballada, recua, manada, rebaño. Eso… ¡rebaño de borregos!
PUEBLO: ¡El del estandarte es el Jefe!
PITUCOS: Pero habrase visto a ese exaltado, traernos un aluvión zoológico a la ciudad.
PUEBLO: El jefe… se parece a Gardel…y lo acompaña una mujer…
PITUCOS: ¡Mona! ¡Bataclana!
PUEBLO: Es una Madre. ¡Y les reparte barriletes y matracas a los chicos!
PITUCOS: ¡Qué ejemplo para esas criaturitas!... Están descalzos… pobres… ¡están en patas los mugrientos!
PUEBLO: ¡Son indios! ¡Cómo mueven esas tabas!
PITUCOS: ¡Son indios! ¡Se nos viene el malón!
PUEBLO: Vienen con los gauchos y los ponchos colorados de la Mazorca.
PITUCOS: ¡Ah, no! ¡Llamen a Mitre y al General Roca!
PUEBLO: Eso es una fiesta. Baile, mujeres, vino, todo a lo grande…
PITUCOS: Emilia, hay humo en la puerta…¿qué hacen, dios mío, qué hacen ahora?
PUEBLO: ¡Chorizos! Andá vieja a comprar unos chorizos.
PITUCOS: ¡Cocinan! ¡Cocinan! No se te ocurra salir, Emilia… ¡hay negros desnudos! ¡Vení acá, no salgas te dije!
PUEBLO: Baila, la Madre baila…
PITUCOS: Esa degenerada, esa desmelenada…¡Tiene los pechos al aire! ¡Yo no sé qué le vieron!
PUEBLO: Un montón de gente rodea a la Madre. Es que está cuidando el estandarte junto al Jefe.
PITUCOS: ¡Oí, Emilia, escuchá! (Suenan redoblantes como de marcha militar)
PUEBLO: Escuchen. ¡Ya viene esa Comparsa a joder otra vez!
PITUCOS: Allá los veo, allá los veo…¡son los nuestros… las Mascaritas! ¡Cómo brillan, qué finura, qué delicadeza!
PUEBLO: ¡Qué desastre! ¡No tienen idea del ritmo, no saben lo que es bailar!
PITUCOS: Pero qué bien, ¡están echando a los grasas!
PUEBLO: Los están echando, ¡nos quieren romper la Murga!
PITUCOS: Señoras y señores, la Comparsa está rodeando la plaza.
PUEBLO: ¡Acordonaron la plaza, les empezaron a dar!
PITUCOS: No falta nadie, está el Presidente de la Rural y nuestro amigo el Obispo.
PUEBLO: ¿Eso es un obispo? Yo creí que era una mascarita gorda.
PITUCOS: Y allá en el cabriolet, las chicas de Menéndez Pelayo.
PUEBLO: ¡Manga de bagayos! ¡Bagres empolvados!
PITUCOS: Los caballos van por la derecha.
PUEBLO: ¡Guarda con los caballos!
PITUCOS: ¡Lárguenle los perros!
PUEBLO: Desapareció el Estandarte… ¡Se llevaron al jefe!
PITUCOS: ¿Arrestaron al fantoche? ¡Baile, mona, baile!
PUEBLO: ¡Los están golpeando para destrozar la Murga!
PITUCOS: Pero qué divertido, juegan con las cachiporras.
PUEBLO: ¡Abofetean a la Madre!
PITUCOS: ¡Muy bien, otro bife! ¡Al burdel con esa puta!
VIEJO: (Cortando la escena anterior, que queda expectante) Los Indios entraron al parque haciendo sonar sus latas y sus palos, enarbolando su estandarte sobre los conscriptos, las sirvientas en su día de franco, los provincianos que bajaron de los hoteles de Alem, algunos en camiseta con la toalla sobre el hombro, a medio afeitar, otros vestidos de azul, como para casarse, con el pañuelo volcado sobre el bolsillo superior del saco; todos amigos, siguiendo las cabriolas de la murga.
PANZA: Ahí nacieron los cantos que más tarde escucharía la ciudad, la jubilosa marcha que coreaban los viejos y los chicos con idéntica unción. La luna, roja como una sangrienta premonición, apareció arriba del puente con el silbato de una locomotora. La madre, con los brazos en alto, la luna en el medio, pontificaba sobre una mesa de fierro, rodeada de su gente, de viejitas que le besaban las manos y le pedían cosas, milagros casi, que ella repartía generosamente.
RUBIA: (Muy metido en su rol de Pituco) Tengan cuidado señores
                                                           Y traigan papel de astrasa
                                                           O algo que no nos manche
                                                           Rodeados de tantos grasas.
PANZA: ¿Y a esta qué le pasa? ¿Se la creyó?
RUBIA:                                                No respiren muy profundo
                                                           Que se cuiden las muchachas
                                                           Que está lleno de morochos
                                                           Con olor a cucaracha.
VIEJO: (Exaltado se suma al Pueblo) Pero mirala ala Rubia… ¿desde cuándo sos una pituca? No permito este ultraje. Lo anterior era un juego. Yo me vengo con el pueblo, ya bastante aguanté de neutral y a pura agua. (Los bandos están enfrentados, como dispuestos a pelearse entre ellos)
PITUCO:                                  Son feos, vagos y sucios
                                               Contaminan el paisaje
                                               Hagan lugar a la gente
                                               Váyanse de estos parajes.
PUEBLO:                                 Para él son los calabozos,
para él las duras prisiones,
en su boca no hay razones
aunque la razón le sobre;
que son campanas de palo
las razones de los pobres.
PITUCO:                           ¿Los pobres tienen razones?
                                               Me hacés revolcar de risa
                                                           Los pobres son los ladrones
                                               De todo aquello que pueden
                                               Solo sirven de sirvientes
                                               De putas o maricones.
PUEBLO                                  Y dejo rodar la bola,
que algún día se ha de parar-
tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar.
PITUCOS:                                ¿Qué criollos ni criollos?      
                                               No sean tan atrevidos
                                               Que no sea permitido
                                               Que tengamos la impaciencia
                                               De dejar que ande mandando
                                               Quien no tenga la experiencia.
PUEBLO:                                 Un “no” que quiere ser “sí”
pero lo sujeta el miedo;
“no” que nace del enriedo
del gusto con la impotencia.
Es un poncho “la esperencia”
con que se tapa el “no puedo”.
PITUCOS:                                Yo le digo, si me apura,
                                               Que hablan los animales
                                               Y nos llenan con sus males,
                                               Su ignorancia y su incultura
                                               Que no quiera cagar alto
                                               El que no tiene la altura.
PUEBLO:                                 Hasta que un día el paisano
acabe con este infierno,
y haciendo suyo el gobierno,
con solo esta ley se rija:
o es pa' todos la cobija,
o es pa' todos el invierno.
PITUCOS                                 El que manda es el que sabe
                                               Y el que no, que lo soporte.
PUEBLO:                                 ¡No hay tiempo que no se acabe
ni tiento que no se corte!
RUBIA:                                    No debatan con los negros
                                               Hay muchos y son malos      
                                               Lo único que comprenden
                                               Es el respeto a los palos.
PANZA:                                   ¡Pero mirá a la taimada,
Le ha gustado ser pituca!
Agárrenme o no respondo
            Y le doy un bife en la nuca.
VIEJO:                                     Suceden cosas extrañas
                                               Y hasta la razón la chinga
                                               Esto de ver a la Rubia,
                                               A más de abstemia… ¡tilinga!
(Están a punto de trenzarse, cuando uno del Pueblo grita)
PUEBLO: ¡Miren… miren… al otro lado del puente… la Madre!
PITUCOS: No puede ser.
PUEBLO: La madre está golpeando todas las puertas. Y salen los turcos, los gallegos y los
tanos.
PITUCOS: A los indios se le suma la gringada. Mamá tenía razón, no habría que haberlos
dejado entrar.
PUEBLO: Las sirvientas y las prostitutas.
PITUCOS: Nos quieren robar la patria.
PUEBLO: Traen banderas y carteles. Bailan. ¡Y ahora cantan!
PITUCOS: ¡Levántenle los puentes!
PUEBLO: Levantaron los puentes, los hijos de puta… Pero… ¡nadan! ¡Nadan, carajo!
PITUCOS: ¿No te digo que son salvajes? Salen de todas partes, hasta en camiones vienen.
PUEBLO: Vienen trepados de los camiones… Y hasta en los techos de los tranvías.
PITUCOS: ¡Orinan los monumentos públicos!
PUEBLO: ¡Vamos con este aluvión!
PITUCOS: ¡Se lavan las patas en la fuente! ¡Rompen todos los faroles! ¡Nos sitian nuestra
ciudad!
PUEBLO: ¡Están prendiendo las antorchas! Se nos acabó la paciencia… ¡queremos al jefe!
PITUCOS: ¡Socorro, nos quieren quemar! Respeten la propiedad privada, la moral y las
buenas costumbres. ¡Nosotros de aquí no nos movemos!
PUEBLO: ¡La murga no se va! ¡La vida por el jefe!
PITUCOS: Emilia, escondé las alhajas. Malparidos. Atrancá todas las puertas. Fuera de
aquí, ladrones, forajidos. ¡Mátenlos!
PUEBLO: ¡Gorilas!
PITUCOS: ¿Qué nos dijo?
PUEBLO: ¡Tilingos!
PITUCOS: ¡Salvajes, bárbaros!
PUEBLO: ¡Cipayos!
PITUCOS: ¡Negros… negros piojosos!
PUEBLO: ¡Fuera! (Corren a los Pitucos hasta el borde de la escena por foro, estos quedan juntos y asustados, pero sin irse. El pueblo canta)
PUEBLO:                                 Vamos digo compañeros
                                               Que la historia es nuestro tiempo
                                               Nuestra meta está en la Plaza
                                               Este bombo es nuestro eco.

                                               Vamos digo compañeros
                                               Digo grasas, prostitutas
                                               Indios pampas, las sirvientas
                                               Los obreros y la chusma.

                                               Vamos digo compañeros
                                               Que esta murga está peleando
                                               Con vidalas zapateando
                                               Y tangueando un chamamé.

                                               Vamos digo compañero
                                               Y le grito al conventillo
                                               A la villa, al rancherío,
                                               ¿quién lo duda?, si señor.

                                               En el 506 y en el 2000 también
                                               Somos los gronchazos, los grasitas, el aluvión
Pueblo trabajador, con siglos de dolor
Para esta vuelta si que nos quedamos
Queremos lo que es nuestro, lo que nos robaron
Estamos podridos de la miseria
De los cajetillas y sus negociados.

Dale nomás hay que gritar
Que ahora a esta Murga la van a escuchar,
No piensen mas, hay que gritar,
Que a los vendidos
Lo vamo’ a reventar.

No es lo mismo el que labura
Noche y día como un buey
Que el que vive de nosotros
El que mata o el que cura
O está fuera de la ley.
VIEJO: Con horror, Garay recordó a Gardel, sonriente y compadrito, en el almanaque. Ahora estaba allí, en el balcón de la plaza, con los brazos en alto. De vergüenza, de miedo, cerró los ojos. Vio como incendiaban el boliche y salían con las antorchas, ofendiendo a su Dios. El vendedor de biblias, arrodillado frente a la catedral, se desplomó de una pedrada.
PANZA: Alguien dijo que estaban quemando la bandera. Como en toda historia, como en toda vida, los datos son imprecisos. Según dicen, la madre murió misteriosamente al ver amenazada la suerte de sus hijos. Estos levantaron altares en las plazas, rezaron durante horas, velaron su cadáver bajo la lluvia que apagaba los últimos fuegos de esa noche. Según otros, tal devoción fue una herejía, un acto de barbarie.
RUBIA: (Volviendo) Dicen que al terminar el carnaval quemaban muñecos de paja vestidos de cura. Pero bien puede ser esta una calumnia de las señoritas del Corso de San José de Flores, un infundio de las mascaras de la plaza San Martín, que bajaron hasta el parque de retiro montadas en los carros de asalto de la policía. Es difícil saber a qué hora llegaron los perros allí, en que preciso instante la pesadilla se transformó en historia.
VIEJO y PANZA: Volviste
RUBIA: Estábamos jugando nomás.
VIEJO: Si usted lo dice… venga… tómese un vasito de agua.
RUBIA: Y usted también, don Panza. (Los tres toman con cara de asco. Uno de los músicos les pasa una botella de vino. Toman a escondidas de la Murga)
PANZA: ¡Ahora sí, y antes no, dijo la vieja Albornoz!
VIEJO: ¡Todos a la plaza! ¡Vamos todos a la plaza!
PANZA: Ahí viene el camión (El pueblo se acomoda en la caja de un camión imaginario)
RUBIA: Esperen que vamos con ustedes.
PUEBLO (Marco): Hagan lugar que suben tres veteranos
VIEJO: ¡Esta es veterana! (Agarrándose la entrepierna)
RUBIA: ¡Mocoso insolente!
PUEBLO (Emiliana) Apuren que llegamos tarde.
PUEBLO (Patricia) Córranse pal fondo.
PANZA: Denme una mano pa subir.
PUEBLO (Marco) Decile al chofer que aminore que hay que subir al hombre… (Le da una mano junto al Viejo)
VIEJO: ¡Panza! ¿Desayunaste una ballena? ¡Qué te parió! ¡Fuerza! (Lo ayudan entre todos)
PUEBLO (Patricia) A la una, a las dos… a la tres (Sube el Panza, en el esfuerzo quedan mas apretujados)
PUEBLO (Emiliana) ¿Quién me tocó el culo? (Se hacen los desentendidos)
RUBIA: Che, respeto… no apretujen ni apoyen…
PUEBLO: (Marco) Córranse un poco, che, me están pisando.
PUEBLO: (Patricia) Y ahora me tocan el culo a mi… no se hagan los vivos.
VIEJO: Laaa… ¡no se tiren pedos, no sean chanchos, che!
PUEBLO (Emiliana) Al próximo que toque, lo surto.
PANZA: ¿No puede ir más rápido esta catramina?
PUEBLO (Marco, ve a los pitucos) ¿No quieren subir, mamitas? Las vamos a tratar con cariño.
PITUCA (Marina) ¡Un camión lleno de negros, qué espanto!
VIEJO: ¡Yeguas!
PANZA: ¡Potras!
RUBIA: ¡Che, pórtense bien, que después dicen que somos maleducados!
PITUCA: (Candela) ¡Mirá como rebuznan! ¡Negros de mierda!
PITUCA: (Marcela): ¡Gronchos, cabezas, indios!
RUBIA: ¡Andá a la puta que te parió, estirada de mierda!
PUEBLO: (Patricia) Menos mal que había que portarse bien.
PUEBLO (Patricia y Emiliana y Rubia) ¡Dejen de tocar el culo!
TODOS (Saltando) No se va, la murga no se va, la murga no se va…
VIEJO: ¡Llegamos!
PANZA: ¡Qué lo pario, hay miles!
RUBIA: Millones, Panza, somos millones (Emiliana, Patricia, Marco bajan del camión, el resto lo desarma lentamente)
PUEBLO: ¡Cómo me duelen las tabas!
PUEBLO: ¡Ta lindo, qué joder!
PUEBLO: Está fresquita el agua.
PITUCO (En susurros, entre ellos) Mirá esos hediondos, cómo contaminan el agua.
PUEBLO: ¿No saben dónde hay un baño?
PUEBLO: ¿Qué te pasa, Ramón?
PUEBLO: Me estoy meando.
PITUCO: ¡Son asquerosos! ¡Lacras son!
PUEBLO: Justo ahora… ¿y dónde vamos a encontrar un baño por acá?
PUEBLO: (Casi a los gritos) ¿Te estás meando, Ramón?
PUEBLO: Cállate…no grités.
PITUCO: Son monos… bestias.
PUEBLO: Vení acá a mear que yo te tapo. ¡No me mojés los tobillos!
PUEBLO: ¡Te están espiando, Ramón! (Por los Pitucos)
PUEBLO: ¿Vieron qué suerte tengo? (Gira y se contonea ante los pitucos)
PITUCO: Tapate los ojos, Emilia… una dama no mira esas cosas. ¡Qué atraso, cuánto ignorancia! ¡Bárbaros!
PITUCO: Pero qué impresionante. Qué espectáculo. Qué lujo.
PITUCO: ¡Emilia! ¡Comportate, carajo! ¡O te tapás los ojos o te los cierro a trompadas!
PUEBLO: ¿Otra vez volvieron estos?
PUEBLO: Es que vuelve la Comparsa a joder otra vez.
PUEBLO: ¡Ay, pero qué finolis son!
PITUCO: Son vengativos y salvajes.
PUEBLO: ¿De qué te disfrazaste, gorda, de repollo?
PITUCO: No entienden de modas, ni de buenas costumbres. ¡Grasas, cabecitas!
PUEBLO: Mirá, mirá qué culo, ese no lo hiciste lavando ropa, lechona.
(Suena la música de Milonga. Cantan Milonga de los Pitucos, y obligan a estos a bailar con ellos)
Los pitucos a los carros se montaron
En la comparsa del bacanazo
Planchaditos, aburridos, se alistaron
Bien escoltados por un escuadrón.

Ay si, ay no,
Comparsa, ¿quién te parió?

Mucho brillo, tantos tules afanados,
Bailen tilingos, abisagrados,
Muñequito de gestito avinagrado
Con esa mueca de no poder.

Ay si, ay no,
Comparsa, ¿quién te parió?

La señora de copete levantado
Nos da limosna, frunciendo el naso,
Estos bagres con los dedos enguantados
Con caridad nos quieren conformar.

Ay si, ay no,
Comparsa, ¿quién te parió?

Entre pomos, serpentinas, disfrazado,
Viene el Obispo, desencajado,
La sotana arremangada a la cintura
Luciendo un traje de capitán.

Ay si, ay no,
Comparsa, ¿quién te parió?

Llegó la Reina, naricita respingada,
Lengüita e trapo, flaca chupada,
Desde el carro e los milicos insultaba:
¡Saquen los negros de mi carnaval!

Ay si, ay no,
La puta que te parió.
(La luz baja bruscamente. La murga se desorienta. Se escuchan gritos y sirenas. Los pitucos vuelven a esconderse, pero el pueblo está perdido en la escena)

PUEBLO: ¡Vieja!
PUEBLO: ¿Ramón, dónde estás?
PUEBLO: ¿Cristina?
PUEBLO: ¿Negra?
PUEBLO: ¡Andá pal fondo y salta el tapial!
PUEBLO: ¿Ramón, dónde estás?
PUEBLO: Cuidamelo al bolita.
PUEBLO: Los compañeros.
PUEBLO: Los pibes, Negra, los pibes.
PUEBLO: Negro.
PUEBLO: No te quedes sola, buscalo a Juan… a Juan.
PUEBLO: El bombo…
PUEBLO: Escuchen… suena el bombo…¡Mas fuerte ese Bombo! (Comienzan a juntarse, los Pitucos los amenazan desde lejos, con la escena detenida retoman el Viejo, el Rulo y el Panza)
PANZA: Se asegura que alguien robó el cuerpo embalsamado de La Madre y lo arrojo al río; otros lo niegan o callan por ese pudor que despiertan los muertos.
RUBIA: Lo cierto es que cuando comenzaron los disparos, cuando se oyó el crepitar de las ametralladoras y el estallido de las bombas, la murga bailó con más fuerza que nunca, con una energía multiplicada por la sangre y el pánico.
VIEJO: Bailó, mientras caían, uno a uno, sus hombres, felices y fanáticos bajo el estandarte; al compás del bombo los Indios danzaban, con rápidas y elásticas contorsiones, mientras el Jefe, con su lanza –un palo de escoba con asta de lata- señalaba, a lo lejos, el resplandor de la fiesta. (Cantan todos Milonga pa no olvidar)
Porque nacimos millones
Y volvimos pa’ contar
Esta historia de murgueros
Tristeza del carnaval
Tanto bombo, tanta bronca
Tanto muerto pa’ llorar
Cuánta memoria escondida
Nos quieren arrancar.

Porque nacimos millones
Y volvimos pa’ contar
Que la historia
La hace el pueblo
Milonga pa no olvidar
Y así seguimos cantando
Y bailando nuestro compás
Bailongo de la Esperanza.
Bailongo pa no olvidar.

Porque nacimos millones
Y volvimos pa’ contar
Aura digo, compañero
Es hora de no aflojar
Esta lucha compartida
No permite soledad
Bailongo de la Esperanza
Bailongo pa no aflojar.
VIEJO: Esta es la leyenda de la Murga que le queríamos contar. No sabemos si es verdad, no sabemos si es un mito pero vale la pena conocerla.
RUBIA: Dicen otros, más viejos que nosotros, que la murga no para, que sigue y sigue, que avanza, arrojando a su paso botellas de memoria en el mar de la historia.
PANZA: Y dicen otros, que seguro que saben, que la Comparsa no cesa en su intento. Que la Comparsa va por detrás de la Murga, tratando de destruirla. Y eso que la Murga nunca pierde la alegría.
RUBIA: Pero la Comparsa tiene miedo, mucho miedo, de perder sus privilegios.
VIEJO: Yo digo, hay que encontrar a esa Murga, ¿no?
PANZA: ¿Te parece?
RUBIA: ¿Vos decís para seguirla?
PANZA: Nosotros pal baile no somos muy…
RUBIA: ¿Será difícil de encontrar?
VIEJO: No… y una vez que uno está en el baile… ¡baila!
PANZA: Che… esta gente se nos quedó hecha Pitucos.
RUBIA: ¡Que convicción para el juego!
VIEJO: Vengan, pues, háganse amigos… esta historia terminó.
PANZA: Ahora sigan con su ensayo nomás, nosotros nos vamos.
VIEJO: "Les he dicho todo esto
pero pienso que pa´nada,
porque a la gente azonzada
no la curan con consejos:
cuando muere el zonzo viejo
queda la zonza preñada."

RUBIA: Que no viejo… algo se aprende.
PANZA: El estandarte bamboleaba, rítmicamente, su calavera. Al compás del bombo, los indios avanzaban hacia la ciudad, en rápidas, elásticas contorsiones.
RUBIA: Mientras el director, con su lanza -un palo de escoba con asta de lata- señalaba a lo lejos, el resplandor de la fiesta.
VIEJO: Y dejo rodar la bola,
que algún día se ha de parar-
tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar.

(Murga final, cantada por todos)
Por eso ahora hay que vivir
Para cambiar el rumbo
Nuca dejen de reír
Aunque se caiga el mundo
Vamos a seguir
Aunque sea a los tumbos
Para marchar
Porque si bajo, subo.

Y porque siempre
Nos tocó ir a la cola
Vamos por nuestros derechos
Aunque rompa las bolas
A los que tienen privilegio
Y tienen la vaca atada
Yo sé que nuestra alegría
No les gusta nada.

Hasta que un día el paisano
acabe con este infierno,
y haciendo suyo el gobierno,
con solo esta ley se rija:
o es pa' todos la cobija,
o es pa' todos el invierno.
Hasta que un día el paisano
acabe con este infierno,
y haciendo suyo el gobierno,
con solo esta ley se rija:
o es pa' todos la cobija,
o es pa' todos el invierno.
Elenco del estreno
Viejo: Leandro GALAZ; Panza: Alejandro LEOPARDO; Rubia: Patricia GALAZ; Murgueros Pueblo: Marco LANZONI, Patricia GILES, Emiliana RON; Murgueros Pitucos: Marcela GRIECO, Susana SILVA, Marina HERNÁNDEZ.
Iluminación: Diego LANZONI; Realización de vestuario: Marta MARRESE, Realización de Galeras: Susana SILVA, Realización de Estandarte: Graciela CAIVANO, Sonido: Duilio LANZONI. Entrenadores: Murga: Emiliana RON; Canto: Hernán CARABALLO; Percusión: Raúl CHILLON; Clown: Lorena MEGA.
Música (Grabada en el estudio El Trébol Rojo): Murga Madre (Letra y música: Pablo Routin y Edú Lombardo); Vamos compañeros (Letra: Siro Colli, Enrique Santos Discépolo- Música: Hernán Caraballo); Milonga de los Pitucos (Letra: Siro Colli- Música: Pablo Dente y Adrián Lachowitz); Bailongo de la Esperanza (Letra: Siro Colli – Música: Duilio Lanzoni) y La cobija o el Invierno (Letra: Duilio Lanzoni, Arturo Jauretche- Música: Raúl Chillón) Guitarras, bajo, teclado, voces y arreglos: Hernán CARABALLO; Percusión: Raúl CHILLÓN; Colaboración en ensayos: Pancho D’AUGEROT
Puesta en escena y dirección: Duilio Lanzoni.

Datos personales

Nombre y apellido: Duilio Olmes Lanzoni Fecha de nacimiento: 3 de Julio de 1962 Bolívar pcia. de Buenos Aires Dirección: Alvear 325 Bolívar TE. (02314) 42-4095 // 15416051 // E-mail: duiliolanzoni@speedy.com.ar